Hay decisiones que pasan casi desapercibidas y otras que te afectan directamente al bolsillo, aunque no lo parezca al principio. Esta es una de esas segundas. El Gobierno ha decidido poner un tope del 22 % a la TAE del crédito al consumo, y aunque el número por sí solo diga poco, el cambio es relevante. Mucho más de lo que parece.
Hasta ahora, el mercado del crédito al consumo era una especie de selva. Préstamos rápidos, microcréditos, tarjetas que permitían pagar “cómodo” a plazos… y, detrás, intereses muy elevados que en algunos casos rozaban lo absurdo. No siempre se veía claro en el contrato, no siempre se entendía bien, y muchas personas acababan pagando durante años una deuda que apenas bajaba.
Con esta nueva limitación, eso cambia. No de golpe, pero cambia. El 22 % se convierte en un techo legal general, al menos de forma transitoria, para evitar que se sigan ofreciendo productos con costes desproporcionados. No es un interés barato, ni mucho menos, pero sí marca una frontera clara: por encima de ahí, no.
Es importante entender que hablamos de la TAE, no solo del tipo de interés nominal. Es decir, el coste real del crédito, incluyendo comisiones y gastos asociados. Esto es clave porque muchos abusos venían precisamente por ahí, por camuflar el precio real del dinero.
Además, esta medida no nace para quedarse tal cual. Es un primer paso. La idea es avanzar hacia un sistema más detallado, con límites distintos según el importe del préstamo, su duración y el tipo de producto. Pero mientras eso llega, el 22 % actúa como red de seguridad.
Qué cambia en préstamos personales y tarjetas
Aquí es donde seguramente te estás preguntando: vale, ¿y a mí qué me cambia exactamente? Pues depende de lo que tengas contratado o estés pensando contratar.
Si usas o has usado tarjetas revolving, este punto es especialmente relevante. Son productos pensados para pagar a plazos, pero con intereses altos que hacen que la deuda se alargue casi sin darte cuenta. Con el nuevo marco, ese coste queda limitado, lo que reduce el riesgo de entrar en una espiral de deuda interminable. No desaparece el problema, pero se acota.
En los préstamos rápidos y microcréditos, el impacto es todavía más directo. Muchos de estos productos se ofrecían con costes muy elevados para importes pequeños y plazos cortos. Ahora se establecen reglas más estrictas sobre cuánto se puede cobrar y cómo debe devolverse el dinero. La intención es clara: evitar que un préstamo pequeño se convierta en un problema grande.
Otro cambio importante tiene que ver con quién puede ofrecer crédito. La norma refuerza la exigencia de que las entidades estén debidamente autorizadas y supervisadas, algo que busca limpiar un poco el mercado y reducir prácticas dudosas. También se pone el foco en la forma en la que se publicitan estos productos, limitando mensajes demasiado agresivos o simplistas del tipo “dinero fácil y rápido”.
Todo esto apunta a una misma dirección: más protección para ti como consumidor y menos margen para jugar con la letra pequeña. No se trata de prohibir el crédito, porque el crédito es necesario en muchos momentos de la vida, sino de poner límites razonables.
Ahora bien, conviene no hacerse trampas. Un 22 % sigue siendo caro. Por eso, aunque la ley mejore el terreno, la decisión final sigue siendo tuya. Comparar, leer con calma y entender lo que firmas sigue siendo fundamental. La diferencia es que, a partir de ahora, el terreno está un poco menos inclinado en tu contra.
Este cambio no es una revolución, pero sí un paso firme. Marca un antes y un después en el crédito al consumo en España y manda un mensaje claro: el endeudamiento no puede basarse en intereses abusivos. Para quien presta y, sobre todo, para quien paga.
