El IPC de diciembre ha dejado una lectura clara para muchos bolsillos, la inflación se ha moderado gracias, sobre todo, a la bajada de los carburantes. No es que todo esté más barato, ni mucho menos, pero el precio de la gasolina y el diésel ha vuelto a jugar a favor y ha empujado el índice general hacia abajo justo al cierre del año.
Esto se nota más de lo que parece. Cuando llenas el depósito, cuando coges el coche para trabajar o incluso cuando compras productos que dependen del transporte. Los carburantes tienen un efecto dominó que muchas veces pasa desapercibido, pero que en el IPC pesa, y bastante.
Diciembre suele ser un mes peculiar para la inflación. Hay consumo, hay movimiento, hay viajes, pero este año el comportamiento del petróleo y de los combustibles ha marcado la diferencia. Y eso se ha reflejado directamente en el dato final.
Los carburantes explican buena parte de la bajada
Si miramos el detalle, la caída de los precios de la gasolina y el gasóleo frente a diciembre del año anterior ha sido el factor más relevante para explicar la desaceleración del IPC. No hablamos de céntimos sin importancia, sino de un ajuste claro respecto a los picos que vimos en meses anteriores.
Esto tiene mucho que ver con la evolución del crudo en los mercados internacionales y con una menor presión de la demanda en el tramo final del año. Además, la comparación interanual juega a favor, porque en diciembre del año pasado los precios estaban sensiblemente más altos.
El resultado es que el grupo del transporte ha aportado una variación negativa al índice general. Dicho de forma sencilla, si no fuera por los carburantes, el IPC habría sido más alto. Otros componentes, como la alimentación o algunos servicios, siguen tensionados, pero no han podido compensar el efecto de la energía.
Desde el punto de vista estadístico, el dato confirma algo que ya se venía intuyendo desde noviembre, la inflación energética está perdiendo fuerza. Y cuando eso ocurre, el IPC suele respirar.
Qué implica esto para el inicio del año
Aquí es donde conviene no sacar conclusiones demasiado rápidas. Que el IPC baje en diciembre gracias a los carburantes no significa que la inflación esté controlada del todo ni que los precios vayan a seguir cayendo sin más.
De hecho, enero suele traer ajustes. Cambios de tarifas, revisiones de precios y, en muchos casos, subidas que estaban “congeladas” a la espera del nuevo año. Aun así, empezar 2026 con un IPC más moderado es una buena noticia, sobre todo para salarios, pensiones y contratos que se revisan con este indicador.
Para el consumidor medio, el mensaje es claro, el alivio viene por la energía, no porque todo sea más barato. La cesta de la compra sigue siendo cara, los servicios no bajan y el alquiler continúa presionando. Pero al menos el combustible, que afecta a casi todo, ha dado un respiro.
Este comportamiento también influye en las expectativas. Un IPC más bajo reduce la presión sobre el Banco Central Europeo y abre la puerta a un escenario de tipos de interés menos restrictivo a medio plazo. No es inmediato, pero suma.
Los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística confirman esta tendencia y refuerzan la idea de que la inflación actual es más desigual que hace un año. Baja por unos lados, se resiste por otros.
En el fondo, diciembre deja una sensación agridulce. Por un lado, el titular es positivo, los carburantes tiran del IPC a la baja. Por otro, la inflación subyacente sigue ahí, recordándonos que el problema no está completamente resuelto.
Para los próximos meses, la clave estará en ver si esta bajada se consolida o si ha sido solo un efecto puntual de final de año. El precio del petróleo, la evolución del transporte y cualquier tensión geopolítica pueden cambiar el escenario en cuestión de semanas.
Mientras tanto, este cierre de año deja una conclusión sencilla y muy real, cuando el combustible afloja, el IPC lo nota. Y tu bolsillo, también.
